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La araucana (Alonso de Ercilla) Fragmento
Enviado el Monday, 14 January a las 10:42:37 por odin

LOCURA
Canto XXX

Contiene este canto el fin que tuvo el combate de tucapel y rengo.

Asimismo lo que Pran, araucano, pasó con el indio Andresillo,

yanacona de los españoles

Cualquiera desafío es reprobado

por ley divina y natural derecho,

cuando no va el designio enderezado

al bien común y universal provecho,

y no por causa propia y fin privado

mas por autoridad pública hecho,

que es la que en los combates y estacadas

justifica las armas condenadas.

Muchos querrán decir que el desafío

es de derecho y de costumbre usada

pues con el ser del hombre y albedrío

justamente la ira fue criada;

pero sujeta al freno y señorío

de la razón, a quien encomendada

 
quedó, para que así la corrigiese

que los términos justos no excediese.

Y el Profeta nos da por documento

que en ocasión y a tiempo nos airemos,

pero con tal templanza y regimiento

que de la raya y punto no pasemos,

pues dejados llevar del movimiento,

el ser y la razón de hombres perdemos

y es visto que difiere en muy poco

el hombre airado y el furioso loco.

Y aunque se diga, y es verdad, que sea

ímpetu natural el que nos lleva,

y por la alteración de ira se vea

que a combatir la voluntad se mueva,

la ejecución, el acto, la pelea

es lo que se condena y se reprueba

cuando aquella pasión que nos induce,

al yugo de razón no se reduce.

Por donde claramente, si se mira,

parece como parte conveniente,

ser en el hombre natural la ira

en cuanto a la razón fuere obediente;

y en la causa común puesta la mira,

puede contra el campión el combatiente

usar della en el tiempo necesario,

como contra legítimo adversario.

 
Mas si es el combatir por gallardía,

o por jatancia vana o alabanza,

o por mostrar la fuerza y valentía,

o por rencor, por odio, o por venganza;

si es por declaración de la porfía

remitiendo a las armas la probanza,

es el combate injusto, es prohibido,

aunque esté en la costumbre recebido.

Tenemos hoy la prueba aquí en la mano

de Rengo y Tucapel, que peleando

por sólo presunción y orgullo vano

como fieras se están despedazando;

y con protervia y ánimo inhumano

de llegarse a la muerte trabajando,

estaban ya los dos tan cerca della

cuanto lejos de justa su querella.

Digo que los combates, aunque usados,

por corrupción del tiempo introducidos,

son de todas las leyes condenados

y en razón militar no permitidos,

salvo en algunos casos reservados

que serán a su tiempo referidos,

materia a los soldados importante

según que lo veremos adelante.

Déjolo aquí indeciso, porque viendo

el brazo en alto a Tucapel alzado,

 
me culpo, me castigo y reprehendo

de haberle tanto tiempo así dejado;

pero a la historia y narración volviendo,

me oísteis ya gritar a Rengo airado,

que bajaba sobre él la fiera espada

por el gallardo brazo gobernada:

el cual viéndose junto, y que no pudo

huir del grave golpe la caída,

alzó con ambas manos el escudo,

la persona debajo recogida;

no se detuvo en él el filo agudo,

ni bastó la celada aunque fornida,

que todo lo cortó, y llegó a la frente

abriendo una abundante y roja fuente.

Quedó por grande rato adormecido

y en pie difícilmente se detuvo,

que, del recio dolor desvanecido,

fuera de acuerdo vacilando anduvo;

pero volviendo a tiempo en su sentido,

visto el último término en que estuvo,

de manera cerró con Tucapelo

que estuvo en punto de batirle al suelo.

Hallóle tan vecino y descompuesto

que por poco le hubiera trabucado,

que de la gran pujanza que había puesto,

anduvo de los pies desbaratado;

 
pero volviendo a recobrarse presto,

viéndose del contrario así aferrado,

le echó los fuertes y ñudosos brazos

pensando deshacerle en mil pedazos,

y con aquella fuerza sin medida,

le suspende, sacude y le rodea;

mas Rengo, la persona recogida,

la suya a tiempo y la destreza emplea.

No la falta de sangre allí vertida

ni el largo y gran tesón en la pelea

les menguaba la fuerza y ardimiento,

antes iba el furor en crecimiento.

En esto Rengo a tiempo el pie trocado

del firme Tucapel ciñó el derecho,

y entre los duros brazos apretado

cargó sobre él con fuerza el duro pecho.

Fue tanto el forcejar, que ambos de lado,

sin poderlo escusar, a su despecho,

dieron a un tiempo en tierra de manera

como si un muro o torreón cayera.

Pero con rabia nueva y mayor fuego

comienzan por el campo a revolcarse

y con puños de tierra a un tiempo luego

procuran y trabajan por cegarse,

tanto que al fin el uno y otro ciego,

no pudiendo del hierro aprovecharse,

con las agudas uñas y los dientes

se muerden y apedazan impacientes.

Así, fieros, sangrientos y furiosos,

cuál ya debajo, cuál ya encima andaban,

y los roncos acezos presurosos

del apretado pecho resonaban;

mas no por esto un punto vagorosos

en la rabia y el ímpetu aflojaban,

mostrando en el tesón y larga prueba

criar aliento nuevo y fuerza nueva.

Eran pasadas ya tres horas, cuando

los dos campiones, de valor iguales,

en la creciente furia declinando

dieron muestra y señal de ser mortales,

que las últimas fuerzas apurando

sin poderse vencer, quedaron tales

que ya en parte ninguna se movían

y más muertos que vivos parecían.

Estaban par a par desacordados,

faltos de sangre, de vigor y aliento,

los pechos garleando levantados,

llenos de polvo y de sudor sangriento;

los brazos y los pies enclavijados,

sin muestra ni señal de sentimiento,

aunque de Tucapel pudo notarse

haber más porfiado a levantarse.

 
La pierna diestra y diestro brazo echado

sobre el contrario a la sazón tenía,

lo cual de sus amigos fue juzgado

ser notoria ventaja y mejoría

y aunque esto es hoy de muchos disputado,

ninguno de los dos se rebullía,

mostrando ambos de vivos solamente

el ronco aliento y corazón latiente.

El gran Caupolicano, que asistiendo

como juez de la batalla estaba,

el grave caso y pérdida sintiendo,

apriesa en la estacada plaza entraba;

el cual, sin detenerse un punto, viendo

que alguna sangre y vida les quedaba,

los hizo levantar en dos tablones

a doce los más ínclitos varones.

Y siguiendo detrás con todo el resto

de la nobleza y gente más preciada,

fue con honra solene y pompa puesto

cada cual en su tienda señalada,

donde acudiendo a los remedios presto,

y la sangre con tiempo restañada,

la cura fue de suerte que la vida

les fue en breve sazón restituida.

Pasado el punto y término temido,

iban los dos a un tiempo mejorando,

 
aunque del caso Tucapel sentido,

no dejaba curarse braveando;

pero el prudente General sufrido,

con blandura la cólera templando,

así de poco en poco le redujo

que a la razón doméstica le trujo.

Quedó entre ellos la paz establecida,

y con solennidad capitulado,

que en todo lo restante de la vida

no se tratase más de lo pasado,

ni por cosa de nuevo sucedida

en público lugar ni reservado

pudiesen combatir ni armar quistiones

ni atravesarse en dichos ni en razones;

mas siempre como amigos generosos

en todas ocasiones se tratasen

y en los casos y trances peligrosos

se acudiesen a tiempo y ayudasen.

Convenidos así los dos famosos,

porque más los conciertos se afirmasen

comieron y bebieron juntamente

con grande aplauso y fiesta de la gente.




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